viernes, 24 de febrero de 2017

Y yo que me creía intelectual... (Y me avergonzaba por creerlo)

“Y yo que me creía intelectual” (Y me avergonzaba por creerlo)
Después de comprobar que ya todos se dan cita a la convocatoria viral (cuando no editorial) de la publicación de dudosa premeditación del propio pensamiento, me dije al fin: yo tampoco no me quiero quedar afuera. Y sí… me subo al trencito de la moda, ¿por qué no? Pero claro, a este acto que trato de resguardar del simple impulso de decir le salió al paso una necesaria reflexión que no pude soslayar. Me obliga la moral, acaso la ética en su siempre retorcido y sufriente camino de cuestionamiento infinito… Y ahí andaba yo, pensando y pensando (nerdeando, pues de tales berretines  no me privo) y sabiéndome inhabilitada para la transmisión artística, pero fundamentalmente conociéndome ya mayor para el simple arrebato. Advertida como estoy de que aquello que digo me señala, señalando para mí el lugar desde donde esgrimo un argumento y diciendo al mismo tiempo quién soy, no puedo dejar de prevenir que mucho más aún lo que escribo me somete. Como dijera Lacan: “que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha-entiende”. En otras palabras: el emisor queda desdibujado tras el mensaje emitido, queda el sentido de lo dicho y se desdibuja la responsabilidad de quien lo ha expresado. No su narcisismo que queda agigantado en el acto de osadía que significa vociferar, pero se pierde sí la brújula que señala el lugar subjetivo desde donde se gestan los pensamientos que comunica. (La televisión está plagada de estos personajes, cuando no los diarios, con sus emisores más frecuentes: “la gente anda diciendo”) Y de eso quiero hablar, de la responsabilidad que no pretendo eludir, más aún en la que quiero enfatizar aún a riesgo de confesar mi “ñoñez”. Las palabras no se las lleva el viento, decir es un acto, y ni que hablar de aquellos actos que desde lo simbólico operan como transformadores de la realidad. Tal es el caso del “Sí, quiero” de los concursantes al matrimonio, o el “culpable” que dictamina un juez en su sentencia. Todos ellos actos verbales con consecuencias en la realidad humana. No otra cosa es el acto sufragante.

Mucho se habla en la actualidad de la responsabilidad del electorado. Son responsables, no son responsables, son un poquito responsables, son responsables en horas de la mañana, desmejorando hacia la tarde, impunes en la declarada noche, en fin… De esa responsabilidad quiero hablar. Y voy a “colgarme de las barbas” de otros más probos, si la fiscalía “real” del pensamiento, parafraseando a Dolina, me lo permiten: es así que invoco a Imanuel Kant, quien ya en el siglo XVII supo interpretar la necesidad y la dificultad que le es complementaria, de enunciar una máxima universal que sirviese a los fines éticos de las organizaciones estatales nacientes. No sin un narcisismo acaso dedicado a hacer de su palabra una obra enciclopédica, pero era Kant, sus razones tendría… En cualquier caso, el tipo se puso al hombro la tarea de ofrecer una solución moral para las entonces germinales instituciones estatales. Corrían los tiempos de la Ilustración, los Estados Nacionales estaban por aquél entonces erigiéndose con la burguesía a la cabeza, hacía falta pronunciarse para ofrecer a la sociedad naciente una prédica, acaso un argumento coercitivo, para encuadrar la moral popular en función de una necesidad civilizatoria. Los tiempos de la polis griega estaban muy lejos, de modo que la ética nicomaquiana, con sus siempre difíciles portales de acceso, quedaban por fuera del alcance de las mayorías populares. El alcance de la interpelación moral no podía ya ser cuestión de academias, había que llegar a las masas, conjunto social moderno. Lejos del ocio filosófico había que llegar al hombre promedio, al “homo faber”. El problema era entonces poder condensar en un solo acto enunciativo una obligación que sirviese para todo obrar humano y, al mismo tiempo, para cualquier humano en su contexto. Nace así el Imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal.” Siglos después, en la era de gatolandia, todo parece perdido. Pero el bananerismo reinante lo antecede y, acaso, explica la desafortunada y perversa coyuntura en que éste se alzara con bastón de mando, en NUESTRO balcón, meneando el cetro cual caño en bailando por un sueño. Simple imagen que anticipara ya en diciembre de 2015 la triste realidad que nos toca vivir y paladear. Sin embargo, no es este un escrito que busque la solución al problema político, tal vez no es más que una catarsis reflexiva pero que tiene como objetivo no la remoción de su cargo del mandatario (aunque lo deseo vigorosamente, he aquí el sujeto deseante del que les hablara) sino un paliativo a la moral popular, catastróficamente en decadencia. La retórica espuria del “fin de las utopías” propia del neoliberalismo de los años noventa no amedrentó a los pensadores contemporáneos, y, muñida del argumento que antes expuse (a saber: cualquier gil escribe un blog, yo quiero mi espacio parlamentario) me siento personalmente convocada a ofrecer mi punto de vista y, por qué no, mi discurso redentorio. (¿Acaso Stamateas pidió permiso para publicar sus, permítanme el forzamiento conceptual, “lecciones de vida”? Bué, Ud. verá…) Me urge entonces reformular a aquél imperativo, aggionarlo a los tiempos que corren, dirigirme al “homo bananerus” dejando expeditos los caminos de la reflexión introspectiva para aquellos que prefieran (lo celebro) el camino de la exploración ética más allá de cualquier deontología. Sin embargo es necesario también advertir que todo lo que recorre el sendero de lo “intro” se expone al peligro de lo “auto” y, tanto uno como el otro son prefijos que nos llevan al insoslayable destino de lo individual. Y lo extremadamente individual más tarde o más temprano hace flamear su pabellón de individualismo. En esta actualidad maldita, la individualidad hedonista de la que no estoy a salvo (no me pasa desapercibido el hecho de que también me alzo en el pretendido derecho de dar mi opinión), nos arrastra calamitosamente a los efectos de la imbecilidad generalizada, peligrosa estupidez individual que, a los efectos del último sufragio, ya podemos lamentar como univerzalizada. De modo que mi reformulación kantiana para el “homo ignorantus tillingae” es la siguiente: “Si estás por hacer alguna gilada, rescatate ameooo, no sea cosa que tu pequeño arrebato de imbecilidad abone el terreno fértil de la pelotudez colectiva… pensalo…”

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