Para empezar: “la vaca por las tetas”.
No sé por qué ya adelanto las aclaraciones que de todos modos voy a tener que hacer a lo largo del texto antes de empezar. Está bien, mi compulsión a prologarme es notoria. Pero en este caso hay tanto ajetreo con la cuestión de género que me veo en la obligación moral de establecer algunas pautas. No quiero ganar enemigos moviendo sin querer el avispero.
Para empezar, soy mujer. Accidente del azar. No me quejo. Si pudiera elegir elegiría siempre ser mujer. Simplemente estoy cómoda, ni mejor ni peor. Desde este accidente sabroso que es ser mujer, entre mis hábitos está el de reunirme con amigas y discutir de cuestiones varias. Por esta pertenencia no elegida aunque abrazada al género femenino, y teniendo en cuenta que la suma de mis amistades dan por amplia mayoría un número mujer, es que muchas veces los temas que me mueven a reflexionar tienen que ver con nuestras vicisitudes. Y cuando digo “nuestras” me refiero a un conjunto etario determinado, una situación social, un huso horario, entre otras cosas. Y cuando me incluyo en ese grupo, señalo a quienes lo integran por el hecho común de que todas ellas se bancan mis largas exposiciones que no traen luz a nadie pero en las que me afirmo cual pitonisa. Tengo que aclarar ante todo que ninguna de las cosas que diré de ahora en más tienen que ver con una retórica reivindicativa de lo femenino. Si recurro a la experiencia que yo y algunas más podemos expresar como nacidos desde la feminidad es porque es la que nos tocó: ser mujeres y sentir de esta manera. Ni mejor ni peor que nada. Por otra parte, no me cansaré de explicar que en ningún momento intento ungirme con los aceites de la voz cantante. Simplemente transito con cierta frecuencia las tertulias con mis amistades que, por causa o azar, resultan ser siempre en su mayoría mujeres. Dicho esto, continúo.
Entre el azar de los encuentros humanos y el destino que te adjudica un grupo de personas que llamamos “familia” me encontré eligiendo a Ana como miembro indispensable de mi vida: “Mi compañera, amiga, luego prima” como nos gusta decirnos. Con Ana, como con otras tantas, me ocurre con cierta frecuencia, tener… ¿Cómo llamarlo? Descubrimientos repentinos, arrebatos aforísticos, impulsos verbales lanzados vehementemente a la conciencia universal… Bueno. Todos tenemos derecho a una cuota de exageración. En lo personal muchas veces experimento una sensación, algo así como un conocimiento latente que se esconde en una parte de mí misma y al que no accedo de inmediato pero que puedo resumir en una expresión, acaso una frase que sale a luz sólo en presencia de otras. Se parece al arrebato, es cierto. Aunque prefiero llamarlo espontánea intuición, luego de la cual me es necesaria la reflexión para sostenerla. Y cuando este acceso de repentino descubrimiento emerge en las arengas que tenemos con Ana, ella suele coronar mi vociferación con la estructura de una sentencia.
Así fue, hablando con Ana con quien, como casi siempre, nos enfervorizamos mutuamente: una da pie a la otra, la otra responde con una afirmación y la primera ilustra con un ejemplo o sentencia, y así… Solemos perder de vista quién dió el primer saque, pero la pelota sigue picando y de pronto un arrebato verbal se transforma en axioma: “A Sabina después de los 30 se lo detesta”. La cristalización de semejante afirmación tiene autor reconocido, y no he sido yo. Pero me daré a la tarea de fundamentarla debidamente para dar una vuelta más a la adherencia ideológica espontánea que suelen provocarme los aforismos de Ana. Sin pretensiones de alcanzar argumentos buscaré como siempre justificaciones vehementes.
Ahora sí: “el toro por las astas”
Lo que intentaré argumentar es por qué para muchas mujeres algunos cantantes provocan en nosotros algunos sentimientos que nos desagradan, y es justo que lo haga porque estos artistas escriben, componen y cantan para producir algo en quien escucha. Y yo, que escucho, escribo para provocar algo en quien lee. En fin. Y, ¿qué me producen las letras de Sabina? No asco, por eso puedo argumentarlo, sino fastidio, cansancio, desencanto. Si a Sabina se lo amonesta después de los 30 es porque antes hubo lugar para otro sentimiento, pongamos que hablo de admiración, para parafrasear un poco al homenajeado. Realmente el trabajo artístico de Sabina es para reconocer, hay quienes hasta lo han encumbrado a la categoría de trovador urbano, bueno, está bien, qué sé yo… Ponele. Pero lo cierto es que sus letras son verdaderas historias, francamente ha logrado una narrativa poética en sus canciones que atrapan con sólo prestar atención. Yo nunca fui de las fanáticas de este madrileño, pero he sabido reconocer muchas de sus canciones, y aún hoy lo hago. Sin embargo, pasado un tiempo cierto endiosamiento de su figura empieza a generar comezón. Y un día se hace el descubrimiento: “este tipo me tiene harta”. Luego aparece la pregunta: “¿por qué me tiene harta?”. Más tarde sigue la reflexión: “hartarse es el sentimiento que nace frente a lo reiterativo”. Y, ¿qué se reitera en la poética sabinesca? Ahí aparece el hallazgo, primero como una sensación, luego como idea, finalmente como grito: “¡Un tipo grande, ya mayor! ¡Hace 40 años que está contándonos sus historias de colchón! ¡Por qué no sienta cabeza y ya! ¡Seductor de iberoamérica!” Es así, con su “trova” irresponsable de conquistador empedernido que se pavonea como un admirador de las mujeres y tanto las admira, a todas, que nunca pudo quedarse con ninguna, y de esa imposibilidad romántica hizo el cimiento de su obra. ¡De su impotencia! De la incapacidad para permanecer el suficiente tiempo al lado de una mujer, tanto, como para encontrarse con una relación, patearla al costado del camino y seguir a pie.
Ahhhh… alivio. Era eso, la repulsión que engendran ciertos personajes masculinos que, sólo tocando los 30, son ya tan cercanos que ciertas aventuras canallescas se empiezan a parecer un poco a la propia experiencia con los hombres. Cuidado, porque no molesta tanto el cuento del conquistador derrotado como jode la retórica del desconsuelo que se le suma extraterritorialmente. ¡Si te perturba el amor, Joaquín, dejate de embromar y ponete en serio con una compañera! En fin... Ojo, no estoy diciendo que los autores de canciones tengan la obligación de hablarnos de las bambalinas del matrimonio o la pareja. Pero de ahí a hacerle un altar a la irresponsabilidad romántica, ¡vamos! Eso es Sabina, un irresponsable, un inimputable del amor. Y encima nos tiene que caer simpático por honesto, porque se confiesa incapaz, un sincero en su narrativa del antihéroe. De hecho, ha compuesto canciones que hablan de su imposibilidad para sostener un compromiso. “Qué bien- podrían decir- un tipo que se reconoce demasiado débil, un tipo que dice lo que a muchos les pasa, provoca empatía, cae simpático. Un sincero, un honesto en la poesía.” Y yo estoy muy de acuerdo con todo eso, por eso rescato la sabiduría de mi amiga. A Sabina se lo quiere, se lo respeta, se lo admira pero todo eso hasta los 30, momento evolutivo luego del cual se lo amonesta justamente. No al cantante, no al amante del Río de La Plata, no al artista sino al tipo de hombre que representa. Después de los 30, cuando las aventuras y desventuras amorosas ya no son lo que le pasa al otro del cine o de la música sino a uno mismo, cierta composición poética que se pretende de excepción ya no lo es y los hombres como él aburren. Desencantados, sin expectativas, nocturnos, hombres de barra y Wiski, de vino en jarra y salchichón, de bodegas y con panza. ¡Váyanse a cagar ejército de piratas! Eso es la poesía de Sabina, poesía de piratas, metedores de cuernos, fugitivos del compromiso, levantadores de polleras, halagadores de viejas y señoritas porque todo les da igual, adoradores de modelos y de bagallos. ¿Todas, todas le gustan a este tipo? Las españolas y las argentinas, porque no tuvo ningún reparo a venir a este país a hacerse el galán, con pendejas y con mujeres maduras. ¡No le hace asco a nada! ¿Halagadas nosotras? Y, ¿por qué? ¿Que este tipo ama sin prejuicio? ¡Me importa un soberano Felipe Sexto! Yo quiero a los hombres exquisitos, qué me importa, pero selectivos. Para coger en rebaños están los caballos, los perros, los mosquitos, qué sé yo...¿Sabés qué Sabina? Me quedo con Axel, a quien le creo menos pero lo respeto más porque al menos hace canciones para las chicas, aunque les mienta, y no para quedar bien con los muchachos. Le hace una canción a una mujer que tal vez no existe y no para adular a las potencialmente cogibles. ¡Tomatelas ibérico!
Me fui, me fui… Perdón. Es que me saco. Sabina es un gran artista, pero el modelo masculino que representa me hartó.
Ustedes pensarán, qué le queda a Arjona, ¿no? Si escribe todo esto para Sabina qué dirá del guatemalteco. Claro, total, péguenle a Ricardito que ya está acostumbrado, ¿no? Sin embargo, Arjona me ha obligado a un análisis aún más detenido, una meditación más craneada. He dedicado innumerables esperas de semáforo rojo, incontables colas de supermercadito chino, miles de segundos a orillas de la pava aguardando el hervor, en fin, un montón de momentos fundamentales de la vida dedicados al ocio de la contemplación y la reflexión. Y sin embargo, siempre me encontré con un enigma. ¿Qué es lo que me molesta de Arjona? No, no, no, queridos amigos, no es tan sencillo como parece. Si fuera evidente, ¿cómo se explica que llene teatros y agregue fechas de a 8 o de a 10? Busquemos la razón.
En primer lugar no se trata de asco porque el asco no se argumenta. Basta retomar algunas de sus gastadas imágenes tales como “La grasa abdominal” o la “cigüeña suicidándose”… De eso ya hay mucho dicho. No es eso lo que me molesta de Arjona, eso le molesta a todo el mundo. Lo medité mucho, mucho. ¿Por qué me molesta este tipo? ¿Por qué me molesta tanto? Si a Sabina se lo quiere hasta los treinta podríamos decir que a Arjona se lo tolera hasta los 12 ó 13. ¿No tiene acaso algunas narrativas logradas? Sí, las tiene. Esa de la cubana y el yanki tiene cierto lugar en mi reconocimiento y la del taxi… ¡Ahhh, la del Taxi! Me encanta. ¿No tiene melodías pasables e incluso pegadizas? Las tiene, las tiene. ¿No tiene algunas letras románticas llegadoras? Por supuesto. No es que sea cursi, el amor tiene que serlo a veces. No es eso. Desengáñese el lector si cree que aquí encontrará una defensa de la intelectualidad por encima del melindre. Lo meloso va muy bien con el amor, y el que no piense así que empiece a indagar por qué sus relaciones eróticas fracasan. Esta no es una arenga en contra de los cantantes que dedican letras al amor, para nada. Me gustan las baladas de amor, “me gusta Montaner”, como alguna bandera supo expresar en otro momento de la vida. Banco a Axel porque me parece un tipo que hace lo que le gusta sin joder a nadie y, de vez en cuando, es un tipo comprometido (mucho más que Sabina). Por eso digo que este desagrado profundo contra Arjona merece de mi parte una reflexión. No se parece a lo que me sucede con Sabina, quien merece admiración (hasta los 30, claro está); a Axel se lo banca, A Diego Torres se lo acepta y se lo quiere por argentino y por La Banda del Golden Rocket; a Luis Miguel no se lo discute y punto (todos tenemos derecho a no explicar algunas cosas). ¿Qué me pasa con Arjona? No es por grasa, no es por machista (Dios me libre del feminismo en estos casos por favor, no podría deleitarme con el tango, sabor conquistado, junto al vino, a partir de los 28). No es lo cursi, porque de otro modo no podría reconocer lo de Luismi y Montaner. Se me dirá: lo masivo… Tampoco. La masividad cuando viene acompañada de lo popular es sublime. Tanto es así que cabe mencionar ídolos como Sandro, Rodrigo “El Potro” Cordobés, Leo Matioli, entre otros. Entonces, no es lo romántico, ni lo cursi, ni lo grasa, ni lo popular, ni lo masivo. ¿Qué es? Por Dios, ¿qué es?
Y un día lo supe. Estaba ahí, sencillita la explicación cruzando Yatay y Avenida Corrientes. Ahí estaba, lo supe. Algo que sonaba allí, en su letra, como extranjero, alienado, como aterrizado en la balada romántica sin pertenecer realmente al género. ¡Es ese uso indiscriminado del apócope de para, ese abuso del “pa”... ¡Pa’ que le entre la rima en la métrica! Es eso. ¡Eso! ¡¡Eso es lo que me exaspera de Ricardo Arjona!! Su maldito “pa’”. Porque el uso del pa’ en la poesía gauchesca, en el folklore, en el tango, ahí es otra cosa… ¡Está justificado! El “pa” más que justificado, acompaña la expresión criolla, la rima pampeana, el lunfardo porteño. ¡Pero la balada romántica no admite un “pa”! ¿Se entiende? No da, simplemente no da. Me quieren explicar por qué Ricardo Arjona se esmera hasta el desquicio por enumerar cosas (es un gran enumerador), apretando en sus letras lugares, escenarios, imágenes con las que podría hacer no una sino diez canciones pero las amontona en una sola y después, ¿qué le pasa? No tiene tiempo para decir “para”. ¡Eso te pasa Ricardo! Te aglotonás de imágenes. (La de no poder encontrarle el pelo a la botella, tan parecida a la calvicie del huevo e igualmente detestable, es famosa). Ahorrate un recurso de estilo, uno solo Ric, y reconocele al “para” sus dos necesarias sílabas. Lo que pasa es que Ricardo es un gran castrador de la palabra. Recordemos su “Reputación”, la evocó enterita en una canción para después hacerse el logi y subrayar las primeras letras… qué genio. Ahí estuvo pillo. Pero el “para” no pueden ser las dos primeras letras, Ricardo, lo tenés que entender de una vez. Quedás mal. ¿Para qué tantas enumeraciones Richard, eh? ¿Para qué tantas comparaciones? Comparaciones entre olvidar a la mujer que quiere y otras miles de cosas que no pasan jamás en la vida real pero que no por inverosímiles llegan a la sutileza metafórica (una metáfora, Ricardo, es una comparación condensada y poética y no la descripción de un pingüino nadando en una pelopincho, eso no es ni metáfora ni es poesía Ricardo, es ser ridículo). ¿Para qué tanto, ehh? ¿Para después talarle el “ra” a una pobre preposición? ¿Por qué tanto abuso del oxímoron, por ejemplo? (Qué, como sabemos, no es un comercio del conurbano dedicado al rubro del herrero.) “Acompañame en la soledad…” Ay, ay, ay… ¿Para qué tantas cosas que no son “el problema”, para qué tanto detalle? Para que después te quedes manija de tiempo y le arranques dos letras a “para”… No, no, no y no. Ya está Ricardo, te enganché. No me gusta tu “pa”, no me gusta. Tu retórica escatológica ya no me ofende, hace 20 años que la venimos escuchando, es hasta simpática. Pero el “pa” y la mezcla de geopolítica de billiken con tus problemas de inspiración son demasiado. Es eso Ricardo, es eso. Devolvele a la preposición su segunda sílaba y dejá que Silvio se encargue de la sociopolítica y del comunismo. Aprendé de Axel un poquito che.
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