Hace diez años que vivo en la Ciudad de Buenos Aires, diez años y sin embargo hoy, una noche de noviembre con luna llena, me despiertan los aromas primaverales de un perfume que me acaricia sabedor y al mismo tiempo sorprendido. Es en verdad un aire perfumado que vengo sintiendo hace días y me invita a dejarme seducir por él. Desde entonces no pude más que dedicarme a investigar de dónde provenía esa invitación dulce y pacífica. “¿Cuál de todos estos árboles porteños me agasaja con su aroma como si fuera exclusivamente mío?” Y fue esta noche cuando por fin lo supe: se trata de los Tilos. ¡Tilos! ¿Cómo es posible? ¿Cómo nunca antes viví esta experiencia con estos seres centenarios?
Camino por la Avenida Corrientes, me entrego al dulzor de las primeros aires estivales, ahora sabiendo. Son ellos, los Tilos. Me envuelvo entonces en una especie de nube cálida, conociendo. Sin embargo insiste la pregunta ¿cómo puede ser que nunca antes reparara en estos árboles? Siempre estuvieron allí, bordeando las veredas que cortan la gran calle de mi porteñidad recién nacida. Hace diez años los veo cada mañana y sin embargo no los descubrí jamás. Escuché nombrarlos tal vez cientos de veces y no los tomé en cuenta. Los percibí, tal vez, en miles de ocasiones, ese aroma conocido y, sin embargo, absolutamente nuevo. Eran Tilos…Tilos que escribo con mayúscula como el nombre de un amigo ¿Cómo algo tan absolutamente mío puede serme tan novedoso? Es que así funciona el espíritu, ávido de experiencias nuevas cuando aprendemos a soltar los lastres de las repeticiones añejas. Pero, no son nuevas ellas mismas sino la oportunidad de dejarnos tomar por su presencia. Así es este aroma de Tilo que me concierne como un recuerdo de infancia y me engalana como amor reciente. Me entrego a volar por el ensueño de perfume, me dejo tomar por los pensamientos que ya no son mis enemigos, imagino este mensaje para vos, amiga que ama, y siento que me elevo por las calles citadinas como en una estela de romance nocturno. Una sirena de bomberos no me despierta de la ensoñación alada. “El amor es música y es estruendo. Buenos Aires también, es tenebrosa y mágica – me digo - una Pacha Mama que palpita debajo de un siglo de cemento y hollín, de smog y de Tilos. Y yo estoy acá, desandando el camino hacia esa nueva morada que aún me cuesta llamar “mi casa”, y vos estás allí, en esa nueva verdad que aún no sabemos si llamar calma.”
Por eso ahora redacto este mensaje que intento hacerte llegar cual aroma encendido de sorpresas bienvenidas. ¿Cómo puede ser que sólo hoy, diez años después, advierta la presencia silenciosa de árboles que tienen tal vez más antigüedad que las placas del pavimento? Es así como un día despertamos de un sueño largo y profundo que creíamos ser, y caminamos a paso lento, pero seguro, dejando atrás viejos amores, viejos sueños. Identidades arraigadas como brazos estragantes en lo más profundo del ánimo un día se desprenden e ingrávidas se alzan al viento que preludia el verano. Las flores de Tilo abren las compuertas de la era estival que cerrará para siempre este 2016. No es un año calendario más, es la suma de todos nuestros anhelos que ya no pueden ser desconocidos tras las nubes negras del miedo. El miedo y el deseo parecen fabricados del mismo material, pero lo único en ellos de común es nuestro ánimo . Los miedos nacen en los pies, que se aferran ante el temor de caer cuando el suelo parece tan lejano desde la altura que nos obstinamos en mantener. Pero los anhelos tienen alas, y el deseo de libertad sopla su viento. Del mismo modo un día percibimos sólo ruidos de sirena y otro día nos dejamos llevar por el aroma de los sueños, sin importar más nada.
Este aroma de Tilos me llena de una fuerza nueva que quiero compartirte, amiga. Porque así como esos árboles siempre estuvieron ahí y sólo esta noche pude descubrirlos, hay mil ventanas en el alma que se abren y no sabemos qué mostrarán para nosotras. En esta noche de luna taurina yo descubrí el aroma de Tilo, que siempre estuvo ahí, y vos estás mirando el cielo, tal vez por primera vez, pensando que siempre supiste volar, aunque no lo habías notado o no lo habías querido. Tal vez sólo por esto valga la pena soltar amarras y vaciar las alforjas, sólo para destapar un receptor del alma y caminar a manos llenas junto a un aroma de Tilos.
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