domingo, 5 de marzo de 2017

Una invitación a cuestionar El Alma Bella (y un testomonio de "experiencia").


El Alma Bella es un nombre que elegí una vez cuando creí que sería interesante participar de lo que entonces era la nueva onda del blog. Pero quedó ahí, en nombre no más. Quería por entonces darle un tinte autoreflexivo a mis insensateces, recurriendo a cierto bagaje psicoanalítico[1] que a su vez sienta sus bases en la fenomenología del espíritu hegeliana. ¡Faaaa! ¿Todo eso? Bueno, un poco de eso. El asunto es que, para decirlo rápido como corresponde a una introducción, “Alma Bella” sería algo así como cierta gala de ingenuidad que la supuesta candidez humana sostiene para no responsabilizarse de sus actos: almas puras . Al mismo tiempo el concepto alude a su contrario: una invitación a observar allí que ni hay pureza ni hay ingenuidad, sólo la indiferencia sobre la propia responsabilidad como mordaza. El Alma Bella sostiene su narcisismo con una supuesta indiferencia a la que recurre una vez que la queja en la que se pavonea lo señala como coautor o al menos partícipe del barro en el que se ahoga.  Por eso el Alma Bella, como versión más académica de lo que alguna vez hemos llamado “bananerismo[2]”. Alma Bella, porque intento señalar en mi persona el camino de la reconversión y, de vez en cuando, amonestando la falta de la ajena. Porque intento desasirme de ese refugio de la bella indiferencia histérica cada vez, en cada conversación que comparto con amigas en este berretín de creer que con un par de cervezas y algunos comensales se puede celebrar un banquete platónico. En fin… ¿Me van a decir que no puedo? ¡Ja! El Alma Bella señores, al cabo que ni me hago cargo.
Como sea, el nombre pertenece a la época en que también  me abrí una cuenta en twitter que nunca supe usar. De esa época es el nombre que ahora estoy reflotando, aún no sé bien en qué firmamento cibernáutico habré de ponerlo a circular, tal vez opte por una botella lanzada al mar y listo, habida cuenta de que no soy perseverante en eso de tener cuentas (testigos los problemas de homebankin).  ¡Pero si ni un diario personal puedo sostener en el tiempo! Mi aspiración siempre es apuntar al pensamiento, a veces con humor, otras veces puramente para abonar mi humilde semilla reflexiva en el terreno fértil del pensamiento colectivo. En fin...
Reciclaje:
Venía diciendo que no puedo sostener una empresa dedicada a la escritura y a ello sumada mi incapacidad para perdurar en una red social, me hizo recordar de cierto pasado cercano en el que, como ahora, me preparaba para escribir y colgar lo escrito en algún lugar, adivinando con idéntica previsión el destino inconcluso de mi intento. De aquella época es el escrito que sigue, acaso mi primera y más honesta prueba de que me obstino por superar  Alma Bella reflexivamente y con escasos velos de pudor. En verdad, sostengo como bandera el elogio al pudor, pero si levanto sus velos de vez en cuando lo hago con fines ilustrativos, acaso redentorios. Tal vez sirva sólo a modo de ejemplo de cómo procede el individuo promedio cuando advierte su propio engaño respecto de las coartadas que usa para seguir afirmándose en la imbecilidad. Pero claro, el camino del autoconocimiento es ingrato, de modo que atravesarlo tratando de hacerse de algunos atajos siempre es tentador. Otra forma de obsequiarse agasajos en el tránsito amargo del autoseñalamiento es buscarse algunas recompensas para engalanar el narcisismo. Bueno, somos seres humanos. Cuestionar el Alma Bella no es armar senderos punitivos sino hacerse de un conocimiento sobre nuestras limitaciones. No se trata de construir relatos heroicos sino de un testimonio de lo que es advertirse en la mediocridad y capitalizarla, no orgullosamente sino con la humildad de la redención. De eso se trata el siguiente texto que finalmente verá la luz. Acá va:
Prerrogativas de la ¿madurez?
(...) Hace poco cerré mi cuenta en facebook, un poco porque me embolaba, otro poco porque quise acabar con la compulsión de stalkear a mi novio y finalmente porque stalkear a mi pareja dejó de ser interesante, con lo cual no sé qué es peor: si tener el registro lamentable de mi propia persona haciendo algo que encima tiene un nombre extranjero  (vergonzoso  como decir selfie) o percibir lentamente que no me interesa lo que mi varón haga en face… No… momentito. Percibir que ya no te importa lo que haga tu pareja fuera del alcance de tu vista no es ninguna mediocridad, ninguna baratija. Darte cuenta de que no te importa tanto como para andar hurgando es una conquista.
Tengo 34 años, es una edad maravillosa. Bahhh, estoy exagerando. Pero es una linda edad, está buena. Si llegaste a los 34 algo te ganaste, andás bastante pareja en tema de derechos y obligaciones y accedés a una pequeña parcela de territorio soberano respecto de tu personalidad.  Es una edad en la que descubrís que se conquistan poquitísimas cosas pero esas conquistas te llevaron por lo menos diez  añitos de lucha; lo que se lleva ganado a los 34 son gestas  atesoradas como batallas ganadas contra el bananerismo femenino, no el de las demás (ese se descubre y se amonesta públicamente a los 18, cuando una “sabe todo” menos de la impunidad que es no haber vivido un carajo). El bananerismo colonial al que una le tuerce un poco el brazo a los 34 es el propio, y no lo vence, no seamos idiotas, lo mantiene a raya con restricciones, soberanas restricciones, proteccionismo, memorándums, proyectos de ley, cancillería. Nada de revoluciones, simplemente una mordida en la pata al yugo imperialista de la propia boludez. En fin… Esa boludez de la que yo me creía inmune a los 18  y que se apoderó de mí tan pronto como bajé la guardia a los 25, pero ese es otro capítulo. Para mí, lograr que me importe un pito lo que haga mi pareja en las redes es una gesta libertadora, como San Lorenzo, Chacabuco y Cruce de los Andes. Todas batallas ganadas por la independencia. Bueno, tanto no, pero pongamos que son como si San Martín, en lugar de cruzar los Andes, enfermo y estoico, hubiera libertado América haciendo una gestoría interminable en las oficinas de la burocracia realista y, luego de años de llamar a la línea de atención al cliente, agotado de la musiquita en espera, hubiera logrado que los españoles se fueran del territorio colonial por cansancio, dejándonos saldo gratis, un paquete de 1000 mensajes de texto y 4G para navegar y esas cosas. En fin,  me quedó irónica la metáfora de Entel, no fue intencional. Quedaba más linda la otra narrativa, pero quiero ser honesta. Por eso debo reconocer que es probable que no haber logrado averiguar nada en absoluto mirándole el muro a mi pareja durante un par de años haya ido horadando mi voyeurismo, puede ser, pero es una victoria igual y es toda mía.

Lo que llamo “experiencia”.
A los 34 años, casi 35 no tenés la energía revolucionaria de los 25, tampoco la sabiduría de los 45 que, por ahora, es una imaginería; pero tenés dos o tres cositas averiguadas, no del mundo, ni de la vida, mas sí de la propia estupidez que ya empieza a estorbarte. Eso y no otra cosa se llama experiencia… Guau, siempre creí que esa palabra tenía que ver con un montón de anécdotas heroicas, siempre sentí algo épico por ese término. Nada que ver con lo que soñaba. Tener experiencia es la simple realidad de haberse gastado, sí, gastado, no en el sentido de invertir, de colocar moneda, gastado en el sentido de la erosión, del desgaste corrosivo, no de los años, sino de la repetición. A los 35 años (voy a redondear para ser un poco más cinematográfica) hay cosas que ya no te van, no te van, punto. Así como te vienen quedando mal las dos colitas en el pelo, no importa el cabello rapunzélico que tengas, queda mal como queda mal un luchador de sumo en patineta, así como no da ir de boliche y no por el qué dirán sino porque te viene sobrando un poco todo (para el boliche tenés que estar justa: de pretensiones, de posibilidades, de cintura, de edad para soportarlo y de lobotomía moral, para pasarlo bien). Así como esas cosas, a los 35 stalkear te queda mal, se te va cayendo del talle como un pulover agrandado. Un día estás en facebook y te metés en el perfil de tu novio y te pegás un embole…. Si tu novio es como el mío, que encima postea permanentemente para dar debate político, mucho más. Un día te embolás, otro día te desilusiona no encontrar nada que te ponga ni un poco celosa (algo así como el que va raudamente atrás del camión de bomberos y se desilusiona al averiguar que se trataba del rescate de un gato en un balcón). Poco drama, poca emoción, te aburre. Finalmente llega el día en que entrás  en facebook y es la última vez que le mirás el muro a tu chico. No es un asqueo moral, nada de eso. No es que decís “Uy, pará... ¡Qué estoy haciendo! ¡En qué clase de mujer insegura de sí misma me convertí!” No. No es un reparo de dignidad sino más bien un “pa’ qué”. La impugnación moral te cabe a los 18, cuando todavía sos tan cachorra como para darte cuenta de que la mediocridad es una condición propia también y, por qué no, un derecho. Se trata más bien de otra cosa. Un día decís: “Esteee… ¿Qué mierda iba a hacer? Ahhh, verle el face… Bahhh no da, es un embole.” Así, sencillito y concreto. Simple desgaste, corrosión, casi un trabajo no remunerado que dejás de tener ganas de hacer. Es más, podrías mirarle el facebook si el novio en cuestión lo dejara abierto y aún así no lo harías. ¿Objeción  moral? ¿Respeto a la intimidad? ¡Una mierda! ¡Paja! ¡Mucha paja da! Y si el novio es cónyuge, mucho peor. ¡Tremendo culebrón! Mirá si lo encontrás haciéndose el gato con una tortuga en una charla… ¡Naaa! Te cagás la vida, tenés que empezar a pensar en la separación, enredarte en diez mil coartadas para enrostrarle que lo descubriste sin deschavarte vos, que le anduviste viendo el facebook. Buscar un lugar donde  mudarte o mandarlo a mudarse, pagar sola el alquiler, hacer valijas, embalajes, escenas de llanto, mucha encamada de reconciliación y mucho drama. No vale un mango todo eso. A eso voy con lo de la experiencia. La experiencia no es un acto retórico o un discurso que se esgrime en la barra de un bar en adoctrinamiento de las más pequeñas congéneres. La experiencia es saber que es mucho más cómodo no saber tanto y quedarse con esas dos o tres cositas que se ganaron en la vida, a los 35. Experiencia es medir costos en función de beneficios. Y si querés algo de acción, te basta con el último almuerzo familiar, la vez que te dejó esperando, la tapa del inodoro… Esas cosas. ¡Ahh! Pero,  ¿vos querés drama pasional?  Seguro tiene alguna infracción en el haber, o podés recurrir a la autoconmiseración de la mano de la diferencia entre el concepto de “baño limpio” y acerca de quién se encarga de hacerlo realidad… Con eso alcanza.  Ostentar experiencia es tener más o menos claro qué te gusta en la cama, cómo bajar cinco kilos, qué vino elegir y qué bondi te lleva hasta Congreso, Colegiales y otro barrio medio alejado para fanfarronear con las amigas más perdidas que nunca pasaron del 12 Congreso-Plaza Italia. Nada más. Con toda esa sabiduría, andar indagando qué mierda hace tu pareja en la red es mucha más información de la que el sistema puede procesar. Un quilombo.



[1] En “Fragmento de análisis de un caso de histeria (Caso Dora)” Freud expone numerosas sesiones con su  paciente, a quien interroga por su queja de modo tal que Lacan lo describió como  una inversión dialéctica que no tiene nada que envidiar al análisis hegeliano de la reivindicación del "alma bella". Lo que se describe es el modo de procedimiento analítico que en, en líneas generales, busca interpelar al sujeto acerca de su propia responsabilidad sobre los asuntos de que padece.
[2] El “bananerismo” es también un intento de descripción espiritual concebido allá por los tiempos del entonces mal llamado “conflicto del campo” (2008). Fue obra de la indignación en la que cayéramos mi siempre colaboradora amiga Ana y yo, sin pretensiones de originalidad. Denominamos “bananero” a cierta clase de individuo ríoplatense (y por qué no, argentino) cuya responsabilidad cívica es eludida cuando se queja de los mismos males que genera con su imbecilidad o acto sufragante.

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